Es habitual que las personas sin haber intercambiado una sola palabra juzguemos a otra, simplemente, por su aspecto y la forma que tiene de aproximarse a nosotros. Nos pasa por la calle, en una reunión o en cualquier lugar en donde estemos, y es que nuestra forma de vestir y nuestro aspecto externo, al primer golpe de vista, contribuye a que los que nos rodean hagan su primer juicio de valor.
Aceptamos que un individuo, cuya apariencia nos resulta sospechosa o desagradable, haya podido cometer un hecho delictivo, mientras que, si la misma acción se imputa a alguien a quien consideramos un ejemplo de rectitud y nobleza, nos costará admitir su culpabilidad hasta que nos presenten pruebas contundentes y palpables de ello.
Para apoyar un poco más esta postura, imagina que vas caminando por una calle poco transitada y de pronto, ves a una persona que se dirige hacia ti. Su aspecto es sucio, despeinado y mal vestido, automáticamente, te apresurarás para cambiar de acera rápidamente, mientras que si la persona que se te acerca va bien vestida y aseada no te preocupará. A lo mejor te equivocas, pero su aspecto exterior te ha hecho reaccionar.
La forma en la que los demás nos perciben producirá una reacción positiva o negativa. Imagina que vas a un hospital y el médico que te atiende está sucio y con una pinta no demasiado buena ¿Confiarías en que te atendiera? Probablemente es un magnífico profesional, pero su aspecto exterior te ha hecho hacer un juicio de valor, poco favorable, como para poder confiar en él.
Pues lo mismo sucede en cualquier profesión, en un inicio, si tu aspecto externo no es el correcto y no ofrece confianza, te resultará muy difícil conectar y relacionarte con las personas.





















Sin Comentarios Recibidos
Deja un comentario aqui...